jueves, 12 de febrero de 2009

Aporte al debate hacia el VII ELAOPA, por TSL

El siglo XXI encontró a los pueblos latinoamericanos construyendo respuestas frente al modelo neoliberal. La resistencia popular aunque desigual se manifestó en todos los países de la región. El movimiento obrero organizado fue parte de esa resistencia junto a otras organizaciones sociales que se dio la clase trabajadora y los distintos sectores populares.
Debemos entender a los gobierno de Sudamérica como una consecuencia de esa resistencia, como una forma que se dieron las clases dominantes para canalizar institucionalmente las aspiraciones y reivindicaciones de nuestros pueblos. Los gobiernos de nuestros países manifiestan, por un lado fracturas con el modelo neoliberal pero también la continuidad del mismo. En la mayoría de los casos no se avanzó contra la concentración de la riqueza, ni se freno la expoliación de nuestros recursos por parte de las trasnacionales, tampoco se revertieron la tendencia a la precarización del trabajo y la mercantilizació n de los derechos, la seguridad y los servicios sociales.
Venezuela y Bolivia, junto a Cuba parecen ser las excepciones donde se perciben proyectos de transformació n profundos que trastocan los fundamentos del neoliberalismo. La constante agresión yanqui para los procesos sociales en curso en estos dos países confirman nuestra afirmación.
En Argentina el movimiento obrero como tal estuvo ausente en el histórico diciembre del 2001. Fueron los trabajadores desorganizados junto a los desocupados y sus organizaciones el sector más dinámico de aquella etapa. Pero a la par que repuntó la situación económica proliferaron los conflictos gremiales con eje en el salario primero y con posterioridad los sectores mejor organizados lograron recuperar reivindicaciones perdidas y avanzar en mejoras en las condiciones de trabajo y contratación. Paralelamente algunos sectores de precarizados dieron pelea por el “blanqueo” o por el encuadramiento gremial y el respeto de las convenciones colectivas. También, hay que destacar la importante cantidad de empresas que cerradas por los patrones, fueron recuperadas y puestas a producir por los trabajadores.
La mayoría de estos procesos ocurrieron y ocurren al margen de las estructuras sindicales controladas por la burocracia. Los conflictos más trascendentes se desenvolvieron en el marco de instancias gremiales de base: sindicatos de base, comisiones internas o cuerpos de delegados. La fuerte participación de los trabajadores/ as como los importantes niveles de acción directa fueron el denominador común de todos los conflictos donde se logró desbordar a la burocracia.
Así el movimiento sindical desplazó a los desocupados como sector más dinámico de la lucha de clases.
No obstante, como marco general, observamos una clara firmeza de la patronal expresada en los diversos conflictos que concluyeron en derrotas con el descabezamiento de delegados y comisiones internas combativas.
También observamos en los últimos dos años una recuperación en la capacidades de control de la burocracia, que fortaleció su posición a partir de los acuerdos con el gobierno pero también a partir de un mayor presencia en la base con militancia propia o a través del uso de la violencia.
Más allá de algunas experiencias de vanguardia, el conjunto movimiento obrero continúa en grados de conciencia y organización reivindicativo/ gremial: la tasa de sindicalizació n alcanza el 37 por ciento, aunque si se incluye el total de asalariados (registrados y no registrados) ese indicador desciende al 20 por ciento. Porcentajes elevados en comparación con otros países de la región pero muy bajos en términos históricos para el movimiento obrero local.
Por otra parte los trabajadores no logramos recuperar, a pesar del crecimiento económico del periodo 2003-2008, la participación en el ingreso, no ya de la época del estado benefactor, sino la anterior a la crisis del 2001.
Superar la actual situación en una perspectiva revolucionaria supone un trabajo militante de largo aliento. Es claro que toda política sindical que pretenda ser de masas deberá partir de atender los problemas reivindicativos y ofrecer alternativas para la concreción de los mismos y para ello, es insustituible la participación, el protagonismo de las bases. De allí que consideremos que las formas de acumulación principal para esta etapa son la organización en el lugar de trabajo y las agrupaciones gremiales. Por agrupaciones entendemos organismos estables, estructurados, que desarrollen una acción permanente tratando de influir sobre las orientaciones del gremio. Pensamos que en las agrupaciones hay que proceder con amplitud, sin sectarismos, pero sobre la base de posiciones claras y definidas en base en nuestros principios: la solidaridad y la unidad de clase, la acción directa, la democracia de base y la independencia del estado, la iglesia y los partidos políticos.
Pero una acción sindical revolucionaria no puede quedarse en las reivindicaciones inmediatas ni puede conformarse con los límites del gremio. Por eso pensamos indispensable avanzar hacia la articulación de una corriente político-sindical clasista cuya base serán las agrupaciones gremiales. Corriente que nos permita recuperar y transformar los sindicatos, pero más importante aún que nos permita, en unidad con el junto de las organizaciones populares avanzar en la construcción de un proyecto de cambio social hacia el socialismo y la libertad.

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